Pateando por Pimentel y dos días en Chiclayo

Luego de la desastrosa llegada a Pimentel, de la cual hablo en la entrada anterior, dejo la mochila grande en la horrenda cabaña, pongo candado a la puerta y decido recorrer el pueblo antes de ir hasta Chiclayo.

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La zona contra la playa parecía un pueblo fantasma: caras fieras asomándose cada tanto aquí y allá, algún perro vagabundo, las barcas de los pescadores durmiendo en la arena y algún extraviado caminando por la playa en los alrededores del muelle. Una plazoleta a una cuadra de la costa tiene como único centro de atención un bingo; no deja de sorprenderme como proliferan los casinos en Perú, crecen como hongos después de la lluvia en verano, incluso en pueblos diminutos como Pimentel.

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Las calles se muestran limpias, pulcras, pero todo el lugar parece vestido de tristeza. Me deprime y no resisto el impulso de correr hasta Chiclayo, unos 20 km tierra adentro. Mi pinta de gringo es difícil de disimular, cada diez pasos algún taxi se detiene a mi lado y me ofrece llevarme hasta la ciudad. Les digo que no, pero muchos insisten siguiendo tras mis pasos. Voy a ir a Chiclayo, pienso, pero no todavía.
Cruzo plazas y atravieso pasajes angostos donde los malvones rojos y blancos estallan en canteros. Pimentel parece dormir una eterna siesta en esa mañana bochornosa. Al fin subo a un taxi y le pido que me lleve al centro, que me deje en la Plaza de Armas.
Moverse por cualquier ciudad de Latinoamérica implica tomar como referencia, siempre, la plaza de armas. A su alrededor, como en la época de la colonia, gira toda actividad; en sus cercanías encontraremos alojamientos y lugares decentes donde comer. En especial si uno llega sin plan ni referencias.

Chiclayo es una ciudad caótica. Una mezcla entre Lima y Trujillo, calurosa, una ciudad de edificios altos junto a casas a punto de derrumbarse. Calles angostas y veredas más angostas todavía, calles invadidas por peatones y autos que, literalmente, corren.
Mi primer objetivo es comprar un pasaje en bus hacia Lima. Me queda poco menos de una semana para regresar a Argentina y quiero descansar antes de la vuelta un par de días en el hostel donde me alojé. A unas pocas cuadras de la Plaza de Armas está la terminal de Cruz del Sur, compro pasaje y entonces me largo a recorrer Chiclayo en busca de un alojamiento decente y no muy caro.
Después de caminar bastante, ver ofertas varias y transpirar como ballena en ascensor, decido quedarme en el Hostal Amigos. No es lo que esperaba pero al menos es limpio, y a un precio razonable: habitación doble privada, con baño y TV por unos s/40. El único detalle es que no tiene incluido el desayuno. Pero en verdad no estaba en condiciones de tener demasiadas pretensiones. Aún tenía que regresar a Pimentel a buscar la mochila grande.
El viaje lo hice en taxi. Y fue una suerte. Podría haber subido a cualquier otro, pero ese taxi estaba manejado por algo así como mi ángel de la guarda. José Luis resultó ser un verdadero genio, no sólo me llevó de regreso al lodge en Pimentel y me aguantó a que retirara las cosas, también me llevó de regreso a Chiclayo y se dedicó a darme una serie de consejos para manejarme seguro por la ciudad, que no se destaca por su seguridad, sobre todo al caer el sol.

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Chiclayo es, sin dudas, un lugar de paso. Poco es lo que hay para ver o visitar allí, salvo alguna recorrida por las callecitas de la ciudad vieja, que no se destacan por nada en especial. Pero sirve como base para llegar hasta la cercana Lambayeque, donde se encuentra la cereza del postre: el Museo de las Tumbas Reales de Sipán, en él se encuentra la mayor colección de objetos pertenecientes a la cultura Chimú, muchos de ellos recuperados del mercado ilegal de objetos arqueológico y de arte.

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Lamentablemente no está permitido tomar fotos dentro del museo, pero sí en el exterior. Y el edificio es una obra de arte en si misma. Fue diseñado siguiendo las líneas arquitectónicas de las pirámides chimúes, una serie de planos inclinados de formas abstractas.

Luego de dos días en Chiclayo retomé la vuelta a Miraflores.

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