¿Qué me llevo de La Quiaca?
Publicado por Daniel Battiston en 22/10/2008
Alguien puede pensar -por el post anterior- que La Quiaca es el último lugar de la tierra que se debería conocer. Y se va a equivocar. Nadie puede dejar de conocerla al menos por dos o tres días.
El mayor choque se debe a que es una ciudad extraña para uno, desde lo cultural y social como puede ser una localidad en Mongolia. Caminando por sus calles me sentí un gringo, me di cuenta que a pesar de ser parte de un solo país, me encuentro alejado por completo de buena parte de la sociedad de La Quiaca. Ninguno es mejor o peor que el otro, simplemente distintos.. Relean el post anterior, miren la foto de la chola en el mercado de artesanías. Cuando se dio cuenta que estaba por sacar la foto intentó mirar hacia otro lado y empezó a gritar “¿Qué me tiene que sacar fotos? ¿A qué vienen acá turistas?”
Nunca en mi vida me sentí más extraño. Pero la comprendo. Deben sentirse como monos en el zoológico, esperando que lleguemos para verlos hacer morisquetas. Y son gente como nosotros. O mejores, quizás; son los dueños del lugar.
¿Cómo es La Quiaca?
Deprimente, atractiva, quieta, silenciosa, segura, calurosa de día, muy fría por las noches, bastante limpia, llena de tierra, invadida por mochileros que vienen o van hacia Bolivia. Como cualquier ciudad de frontera, parece ser un lugar donde todo vale. Caminando por sus calles sin sombra me crucé con muchos, que como yo, están de paso. Sabemos que estamos aquí de prestado, que no dejaremos demasiado de nosotros en el lugar; en cambio intentaremos arrasarlo. Arrasarlo con nuestros pies y nuestras miradas. Robando un trozo de la ciudad en cada foto que saquemos.
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