Uno no puede manejar los hechos. Soy de aquellos que creen en que el universo funciona a partir de caos; uno puede realizar planes, prever ciertos sucesos, pero el universo siempre se las ingenia para que las cosas sucedan a su modo.
En mi último día en Chachapoyas decido hacer una reserva en Chiclayo a través de Hostelworld. El lugar prometía: un lodge sobre las playas de Pimentel, un balneario a veinte minutos de auto de Chiclayo. Playa, silencio, paz; el lugar ideal para descansar por tres días luego de estar tres semanas casi sin parar.
Llego a la terminal de la empresa Civa -elegí a ésta por su eslogan, por completo bizarro: Estamos con Dios y con el pueblo- en la madrugada del lunes. Decido hacer tiempo allí, hasta que abren el único café del lugar para poder desayunar tranquilo. No tienen café. Debo conformarme con un té y un sándwich horripilante; luego tomar un taxi hasta la playa Las Rocas.
Llegar a Pimentel no fue problema, lo difícil sería llegar al lodge. El taxista parecía tener menos idea que yo sobre como y donde ir, cruzamos el pequeño pueblo y tomamos una ruta hacia el sur, desde la cual podía verse la playa a unos trecientos metros. Anduvimos así durante un par de kilómetros hasta que el taxista decide retomar el camino y entrar a la playa por el pueblo.
Diez minutos más de viaje y la calle que bordea la costa finaliza abrupta en un camino consolidado. La playa se muestra, con cada metro que avanzamos, un poco más descuidada, sucia. A lo lejos emerge de entre la arena y los montones de basura una construcciones que parecen escapadas de de La Guerra de las Galaxias, esos pueblos chatos y marrones en el medio del desierto; adivino techos de paja, dos o tres pirámides y algunas cabañas inclinadas en ángulos imposibles.
Ese era el lugar.
El taxi me deja tras una barrera en la entrada. Aún era temprano, poco más de las 6,30, y esa mezcla de pirámides de adobe y cabañas semiderruidas falsamente surfers parecía estar abandonado. Entro, y mientras camino cargado con las mochilas por los pasadizos entre las cabañas el rechazo me invade. Con cada paso descubro un lugar más cercano a la miseria y al desencanto que a un lodge. Me cruzo con alguien que apenas me saluda. Camino y mis ojos descubren un par de cabañas construidas de madera, barro y paja, las ventanas sin cortinas se abren en vidrios opacos por la mugre; un poco más allá un techo se ha rendido al tiempo y se derrumbó. las cuatro frágiles paredes, cárcel de pesadillas, encierran un montón de basura. Se escucha cantar un gallo, algo más cerca ladran dos o tres perros vagabundos cCon los que me encontraré tras una vuelta del sendero.
A mi derecha veo una construcción bastante grande. Cuando llego a ella puedo adivinar tras las ventanas manchadas un bar. La puerta está abierta, pero el lugar parece estar abandonado, algunos sillones de madera con almohadones sucios parecen esperar por alguien que no vendrá. El bar sólo está techado en parte; la barra está vestida de tristeza, tras ella unas pocas botellas esperan.
Salgo.
Regreso.
Cerca de la entrada vuelvo a encontrarme con la misma persona que me saludó poco antes, y le pregunto si él trabaja allí. A media voz dice sí, y le digo que tengo una reserva.
No me dice nada, apenas si señala hacia una de las pirámides, abre la puerta y me hace pasar.
El lugar es un gran salón donde habita el caos. Un televisor sobre una mesa de cañas, un par de sillones armados con madera de cajón de frutas, y algunos colchones en el piso en los que reposan unas sábanas demasiado sucias. Hay tres tipos allí. Parecen mal dormidos, borrachos, mal fumados, o todo eso junto. Alguien, parece ser el dueño del lugar, me dice que no tiene ninguna reserva a mi nombre.
Decido irme a Chiclayo.
Llegando a Chiclayo
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es una pena que te hayas llevado una mala imagen de la playa pero es cierto que esto suele ocurrir , te escribo desde peru y es una lastima. hay mejores lugares en Pimentel balneario.
Alejandro vasquez
Gracial Ronal, por suerte fue solo el disgusto del momento
En un viaje largo como fue éste, es inevitable que algo pueda salir mal, y ocurrió en Pimentel. Pero eso es algo que nadie puede prever.
por fortuna, todo continuó de maravillas