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Puerto Madryn parte 4 – Tras las ballenas en Puerto Pirámides

¿Cómo empezar a contar una experiencia inolvidable?
Puerto Pirámides se encuentra sobre el itsmo Ameghino, en la entrada de Península Valdés. Es una amplia playa rodeada de médanos altos por detrás y cerrada por acantilados de arena compactada en cada extremo. El tiempo trabajó el frente de los acantilados de arena y tomaron formas triangulares, desde mar adentro se asemejan a enormes pirámides, de allí el nombre del lugar.


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Y por supuesto es la puerta de entrada a la zona de cría de la ballena franca austral. Durante la segunda mitad del año, esta especie llega a Península Valdés a procrear, y a dar a luz a los ballenatos concebidos el año anterior. Luego, en diciembre, regresan a la antártida. Y es el lugar ideal para embarcarse y poder verlas, por lo general sólo es posible encontrarse con madres junto a su cría.

El viaje en lancha comenzó movido, el mar estaba bastante picado. Tuvimos que internarnos un un buen trecho mar a dentro -un kilómetro, a ojo de buen cubero- hasta lograr ver, bastante lejos, una madre junto a su cría. El comienzo fue bastante desalentador, las ballenas eran algo oscuro que podía adivinarse a la distancia. Si eso era todo, tiré $150 a la basura, pensé.
Hasta que ellas parecieron tomar confianza del barco luego de estar unos quince o veinte minutos navegando a su alrededor. Entonces sí, comenzaron a acercarse cada vez más al barco, lo rodeaban, cruzaban por debajo nuestro, cada vez un poco más cerca, cada vez asomándose un poco más de tiempo. Parecía que eran ellas -una madre y su cría al principio, pero después llegaron a ser seis en total- las que tenían curiosidad por vernos a nosotros. Nos rondaban, incluso nadaron a ras del agua junto al barco durante un buen trecho, o se asomaban sacando la cabeza del agua casi por completo.

Espero que no se me enojen por las pocas fotos que tomé de ellas, pero en verdad preferí disfrutar el momento sin estar pendiente de la cámara.
Es una experiencia que hay que vivir, es casi imposible de narrar el encuentro con una ballena.

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Puerto Madryn parte 3 – Bicicleteando a El Doradillo

Hoy por la tarde salí con Anahí y Michael en bicicleta hacia la playa de El Doradillo, a unos 17 km al norte de Madryn. En el lugar, una enorme playa encerrada entre acantilados, durante la marea alta, las ballenas se acercan a la costa y uno puede casi tocarlas: llegan a estar a unos cinco metros de la playa.

El trayecto es en su mayoría por un camino de ripio y cantos rodados en constante sube y baja. Las partes donde la ruta está cubierta de piedras redondas y lisas es bastante complicado de hacer en bicicleta. Eran muy buenas mountain bikes pero no soy un experto y por supuesto tuve mi resbalón: no pasó de un par de raspaduras en una mano.

La playa es un pequeño paraíso escondido en el camino a península Valdés, se llega después de cruzar un camino que corre entre médanos bajos. Hacia la izquierda, la playa comienza a elevarse en acantilados blancos y verticales; por la derecha la playa está cerrada por la Punta El Dorado. La playa de arena fina como talco y el sol colgando sobre el agua azul oscuro, el estar nada más sentado mirando la nada inmensa del océano, y sintiendo la arena en los pies descalzos, fue un bálsamo el cansancio del periplo de ida.
Sobre la playa encontré a una pequeña ballena muerta, desde lejos se asemejaba una roca o un montón de arena oscura. Cuando me acerqué a esa bestia que ya había extraviado sus horas, pensé en la fragilidad de todo. Aquella boca abierta dispuesta a devorar el tiempo inmenso de la playa, era una mueca fosilizada en un instante eterno. Esperamos. Aguardamos impacientes entre palabras simples hasta que llegaran las ballenas. Pero no llegaron.

Me guardo las imágenes de un lugar calmo, y de la memoria de la bestia muerta.

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Puerto Madryn parte 2 – De cervezas checas y ballenas

Después de cenar churrascos con ensalada de lechuga y zanahoria rallada fui con Anahí y Michael a Mr. Jones, una cervecería a un par de cuadras del hostel. Por supuesto, nada que ver con el Mr. de Jones de Mar del Plata; el de aquí es un boliche con una onda muy distinta, mezcla de bodegón y cervecería artesanal al estilo de Antares.
Pude, al fin, probar cerveza checa de la que tanto había escuchando; según dicen muchos es de lo mejor, y ayer lo comprobé. Tomé la Staropramen, una cerveza rubia con un aroma increíble, fuerte, que embriaga por completo el olfato colmándote la nariz y la boca, y de un color dorado subido como pocas veces vi en una cerveza. El sabor es un tema aparte: no sabría describirlo, fuerte sin ser agresivo, con una gran presencia del cereal que le da origen. Por supuesto 100% recomendable si logran encontrarla. Creo que esta cerveza es una razón más -entre todas las que existen- para obligarme a conocer Praga :-P

Hoy a las 16,00 salimos en bicicleta hacia El Doradillo a avistar ballenas. Mañana pasaré el día en Puerto Pirámides.

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Puerto Madryn parte 1 – Llegando…

Llegando a Puerto Madryn con un día increíble.
Me sorprende el parecido con Mar del Plata, sobre todo por el estilo de edificaciones que hay. Pero aquí nadie se encontrará con edificios altos, o al menos serán muy pocos los que uno vea; y lo mejor: están bastante alejados de la playa, por lo que no dan sombra sobre ella a la tarde.
Lo que más me llamó la atención: el ancho de las calles. Las calles son tan ancha como una avenida de cualquier otra ciudad.

Este primer día no fue demasiado productivo. Despúes de caminar bastante para encontrar un hostel que me convenza salimos a caminar por la playa -viajé con Anahí y Michael, una pareja de Mar del Plata que conocí en Esquel- hasta Punta Cuevas, al sur de la ciudad.
Las playas de Madryn son, simplemente, increíbles. Por la mañana había marea baja, y la playa tenía unos 300 metros hasta la orilla del mar; un mar sin olas y de un azul embriagante. Punta Cuevas es la zona donde a fines de mayo de 1865 desembarcaron los primeros colonos galeses que luego recorrieron y poblaron la privincia de Chubut. El nombre viene de las cuevas que los colonos excavaron en el acantilado para construir los primeros refugios. De las dieciséis cuevas originales se conservan siete. Este asentamiento galés es, por supuesto, el origen de la ciudad de Puerto Madryn.

Los costos para embarcarse en Península Valdés y observar a las ballenas están como un poco altos. Lo más económico que vi fueron $120, solo para ir en una combi hasta Puerto Pirámides, subirse a una lancha, dar una vuelta y sacar fotos, y al final volver. Cualquier excursión medianamente decente está entre $250 y $300. Veré que hago. Por lo pronto, lo más seguro es alquilar una bicicleta e ir hasta El Doradillo, una zona protegida a 17 km al norte de Madryn y donde las ballenas llegan a estar a cinco metros de la playa.

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Esquel parte 3 – Lo que me llevo

Haciendo tiempo en un ciber mientros aguardo a que la tarde muera y llegue la noche. A las 22,30 parto hacia Puerto Madryn, un día antes de lo pensado.
Luego de almorzar en el hostel -tortilla de papas, y yogurt con cereales- nada más me tiré en el living de la planta alta a escuchar a Peter Hammil, la música ideal para esta tarde luviosa y tibia. Después salir a dar una vuelta por Esquel y dejar que la ciudad me invada a través de mi mirada, mis dedos, mi nariz.

Me gusta Esquel. Me gusta si vivir silencioso. Me gusta llegar a una esquina y que cada automóvil que se acerca frene y me permita cruzar primero; me gusta caminar por calles limpias pobladas de un susurro leve, más cercano al de un campo poblado de pájaros que a una ciudad viva. Me agrada caminar una ciudad donde puedo ver tantas viejas casas de 1920 en pie y tan bien cuidadas como recién construidas; y tantas casas nuevas que siguen el estilo de las primeras. Me gusta caminarla bajo la lluvia leve de esta tarde. Me gustar tener el gozo de poder caminar tarde por la noche sin tener el impulso de mirar a mis espaldas.

Voy a extrañar tanta gente amable y simple.
Quizás lo anterior suene pobre como elogio, pero es así como los percibo. Cuando digo gente simple digo, también, gente pura, personas limpias. Veo a Esquel como una ciudad en la que podría vivir.

Me gusta Esquel. Y me llevo, como un ladrón, un trozo de ella escondido bajo mi piel.

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Escapando de la lluvia

Hoy a las ocho de la mañana tenía planeado salir hacia Villa Futalaufquen, en el Parque Nacional Los Alerces, y volver en el ómnibus de la tarde (19,30 hs.)
Pero estoy aquí, en Esquel, a la vuelta del hostel escribiendo este post. La lluvia vuelve a colgar sobre mi cabeza como una especie de sino. Me gustan los días lluviosos, pero no son los mejores para hacer trekking, pasear, tirarse a la orilla de un lago dejando que el tiempo pase a mi lado y no llegue siquiera a rozarme.

Quiero disfrutar del aire libre, tibio, con el sol colgando sobre mi cabeza.

Esta noche parto hacia el este, hacia el mar, hacia Puerto Madryn.

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Trevelin

Martes por la mañana, La Trochita. Martes por la tarde, Trevelin.

Trevelin es un lugar con verdadera historia. Es la primera colonia galesa en Chubut; un paraje desbordante de hechos heroicos y muchos casi increíbles, como el de John Daniel Evans (1862 – 1943) salvado de una emboscada por su caballo Malacara.

El problema con Trevelin es que parece dormido en su historia y pretende vivir sólo de ello.
Lo vi como un pueblo triste, y digo triste porque es la única palabra que encuentro para describirlo. Un lugar donde el pasado galés parece ser una frase para atraer visitantes, pero que en el pueblo no logra verse, salvo por un par de casas de té. Y eso es todo.

Luego de recorrer el pueblo llegué al museo del antiguo Molino Andes, construído por Evans a fines del siglo XIX. Allí sí encontré la verdadera cultura del lugar, desde ropa original que vistieron los primeros colonos, pasando por los utensillios de uso diario (maquinas de lavar ropa, vajillas o anteojos) hasta la maquinaria agrícola de aquella época.
Sin embargo en el museo todo parecía vivir en un estado de eterno sopor, como si en cierta forma una pátina de tiempo se hubiera depositado en ellos: un catálogo de fósiles de una era extraviada.
Luego mis pasos me llevaron a el Hogar del Abuelo, un museo armado en torno a la última casa de John Evans, y donde está la tumba de Malacara. El museo está administrado por los descendientes de Evans. No entré, los $10 de la entrada me parecieron un disparate.

Y hablando de disparates.
Uno de los lugares que se deben conocer de Trevelin son las cascadas Nant  and  Fall. A sólo catorce kilómetros del pueblo es casi imposible llegar si no se tiene vehículo. Increíblemente no hay ningún servicio de buses que al menos te dejen por lo menos cerca. Hay que llegarse con auto propio o bien en taxi o remise.
Y esta última opción es el disparate. Un viaje de 14 km por ruta no debe tomar más de diez minutos; aparte el taxi te espera por cuarenta minutos para que vayas a ver las cascadas, saques algunos fotos y vuelvas, y de allí el regreso a Trevelin. Todo eso por la módica suma de $60. Un robo.
¿Nadie se dio cuenta de extender el recorrido del colectivo que une Esquel con Trevelin hasta las cascadas?

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Esquel parte 2 – Viejo Expreso Patagónico

Viejo Expreso Patagónico es el nombre oficial de La Trochita, un tren de trocha económica (es más angosta que la trocha angosta, sólo tiene 75 centímetros entre los rieles). El ramal unía originalmente las localidades de Esquel e Ingeniero Jacobacci en la provincia de Río Negro; y su uso original era poder comunicar las localidades de la Patagonia Andina con los puertos de Buenos Aires y Bahía Blanca en la década de 1920. El ramal de casi 400 km es el más extenso del mundo para un tren de este tipo.

El trayecto turístico une Esquel con Nahuel Pan, una estación donde viven unas treinta familias mapuches. En rigor, en la estación viven solo cinco familias, el resto explota los campos aledaños, su principal actividad es la cría de ovejas.

El viaje ida y vuelta más el tiempo que se permanece en Nahuel Pan, para que la locomotora cambie de lado, es de unas dos horas y media. Si bien es un paseo corto es inolvidable, por los paisajes vistos desde el tren como por la posibilidad de estar en contacto con auténticas familias originarias de la región.
Las casas de la estación fueron originalmente construidas para los empleados del ferrocarril con los durmientes que se utilizaban en el tendido de las vías, y ahora, unos noventa años después, parecen nuevos.

El viaje completo entre Esquel e Ingeniero Jacobacci era de entre doce y veinte horas según el estado de las vías, llegando a las cuarenta si en invierno se acumulaba mucha nieve. No quiero imaginar lo que sería estar un día y medio viajando en esos asientos.
Todos los vagones tienen una salamandra que funcionaba a leña, en ellas los pasajeros cocinaban la comida que consumirían en el viaje. Muchas veces, si el  viaje se demoraba demasiado, el tren comenzaba a andar a paso de hombre para que los pasajeros pudieran bajar a juntar leña y regresar al tren.

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Esquel parte 1 – Primera tarde

¿Cómo contar a Esquel?
No podría hacerlo por completo. Es una ciudad calma, como si aquí el tiempo transcurriera más lento. Como en todos los lugares en los que estuve hasta ahora, me siguen sorprendiendo dos hechos: una cierta limpieza en las calles, y que cada vez quealguien cruza la calle todos los autos te ceden el paso.

Mi primera tarde en Esquel transcurrió sin nada excepcional por contar. Recién hoy he empezado a conocer lugares, pero eso va en los próximos dos posts.

La primera de las fotos se refiere a un plebiscito realizado en la ciudad para decidir la instalación de una mina de oro en la zona. La explotación la realizaría una empresa extranjera que  se llevaría el oro y el dinero generado por la explotación, y dejaría a la gente de Esquel con las napas de agua y el terreno contaminado con cianuro.
Por supuesto, la mina no pudo ser instalada.

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Mitad del viaje – De El Bolsón a Esquel

Todo viaje en el mundo real es una metáfora del viaje interior.
Las nubes regrasaron esta mañana sobre el pueblo, como si se negaran a dejarme luego de tres días de mal tiempo. El Bolsón amaneció quieto, en silencio, un reflejo de mi estado de ánimo.
La primera semana de viaje se escurrión entre mis dedos casi sin darme cuenta. Sigo camino al sur. No puedo detenerme, los pies me llevan sin descanso.

Más tarde.
Devoro kilómetros en mi camino a Esquel. La ruta se despliega en curvas y el paisaje se ondula en lomas cubiertas de pastos amarillos y duros. Mientras tanto los cerros nevados están cada vez un poco más lejos.

Más tarde.
A mi derecha estalla un cordón de cerros cubiertos de nieve hasta la base, a unos quinientos metros de la ruta.
El paisaje cambia descontrolado, aquello que veo ahora será reemplazado por lo que creí dejar treinta kilómetros atrás. Pero regresa para recoradrme que la estepa estuvo aquí durante eras, y permanecerá estoica a través de los siglos.

Más tarde.
Poco menos de una hora para Esquel. Estoy escuchando a Jethro Tull.
A mi izquierda el desierto devora voluntades, seca sueños, se fosiliza en mis pupilas. A la derecha, las montañas nevadas simplemente son, me hablan de la eternidad, círculos girando dentro dentro de círculos.
La ruta se retuerce demente en busca de un sendero entre las lomas que anuncian la meseta patagónica.

Más tarde.
Ascendemos. Hacia el sur los cerros esperan. Se abren de lado a lado de la ruta. Me pienso devorado por esas rocas negras y antiguas.

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