Antes que nada:
- Estoy apunado. ¿Como me siento? Cansado; con un terrible dolor de cabeza, en especial en la frente y la sienes; los oídos están tapados y me zumban en forma constante.
- La Quiaca es un lugar deprimente.
- La hostería donde voy a hacer noche está más que bien. Lugar limpio, baño privado y demás. Por lo menos voy a dormir de forma decente antes de cruzar a Villazón.
- Me estoy recuperando del apunamiento después de tomar un té de coca en el bar del hotel. Puede decirse que entré al mundo de las drogas.
Ya es de noche mientras escribo este post. La conección es lenta, aunque en la puerta del ciber digan que tienen banda ancha.
¿Que puedo decir de La Quiaca? Durante toda la tarde un sol terrible rasgaba la ciudad, calor seco y agobiante. La Quiaca es una ciuda donde no hay sombra, vayas por donde vayas el sol quema y agota; es lógico que haya visto poca gente en la calle.
Me siento como sapo de otro pozo; un tipo paliducho, vestido con remera y bermudas, con una mochila al hombro y cámara de fotos en la mano, es gringo seguro.
Mañana cruzo la frontera. Empieza el viaje de verdad.
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Esto es simple, no tengo mucho para contar.
Salimos con cuarenta minutos de retraso. El ómnibus era un espanto. La comida en el viaje una porquería.
Solo se puede rescatar el trayecto entre Jujuy y La Quiaca.
La Quebrada de Humahuaca es un lugar imposible de contar, ni siquiera puedo hacerlo bien con las fotos que saqué desde el micro porque ellas no pueden mostrar todo el paisaje, apenas lo que la cámara enfocaba en un momento. Con cada curva del camino la quebrada cambia, se transforma en colores, dibujos, formas. La única forma de comprender y, en verdad, ver la Quebrada de Humahuaca, es estar allí, no hay otra forma.
Vean las fotos. Y nada más. Hagan clic en las fotos para ampliarlas
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No había salido de Mar del Plata que ya estaba dormido. Desperté cuando el micro salía de la autopista y tomaba el bajo hacia Retiro.
Buenos Aires me recibió cargada de nubes, húmeda, calurosa. La estación de Retiro es otra ciudad dentro de Buenos Aires; y no es una exagaeracón lo que digo, en cualquier momento debe haber tanta gente como en un pueblo. El clima es pesado, fatigoso; cientos de personas caminan cargando maletas,bolsos, mochilas, bolsas de plástico, cajas; otras -muchas- nada más esperan sentadas; las veo aburridas, hartas, la mirada vacía viendo la nada.
Desayuné un café con leche horrible con tres medialunas más horribles todavía. Y caro. Me cobraron $10 (u$s 3).
Intnté hacer tiempo, pero las agujas del reloj frente a la mesa donde estoy parece muertas. Pasadas las 8 voy en busca de un ciber. Hay uno casi pegado al bar. Pero el sistema que usan es un auténtico curro: cada PC se habilita colocando una moneda de $1 en una monedera tipo teléfono público y te permite estar conectado por 15´. Desisto. Busco otro, y el sistema es el mismo. Y así con los otros tres o cuatro ciber que hay en la estación. Termino escribiendo esto en el cuaderno de notas que cargo en la mochila chica. Mientras escribo trato de imaginar cuando y donde lo subiré al blog. Supongo que en La Quiaca.
Nota: por supuesto que lo estoy subiendo en La Quiaca, en un ciber a la vuelta de la hostería donde haré noche antes de cruzar la frontera. Y me sale $1,50 la hora, poco menos de u$s0,50
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Son las diez de la noche y estoy a poco más de tres horas de subirme al primer micro, aquel que me llevará a Buenos Aires.
Siempre me gustó comenzar los viajes largos de noche. Todo viaje es descubrimiento y misterio, y la noche es eso mismo: sorpresas ocultas tras el velo de la distancia que esperan ser descubiertas por el viajero. Me vienen a la mente dos de los viajes literarios que más me sacudieron, El corazón de las tinieblas y El Señor de los Anillos. En el primero, Marlow comienza su relato a la hora del crepúsculo; cuando el día comienza a morir y la noche cubre al mundo de oscuridad y misterio.
En El Señor de los Anillos, el periplo de los hobbits escapando de La Comarca se inicia a escondidas, durante la noche. Y a poco de comenzar el relato del viaje, Tolkien plantea una situación que nunca leí en ninguna crónica de viajes: los hobbits llegan al extremo de un campo. Pero éste no es un límite cualquiera, ninguno de los cuatro había estado más allá de ese punto; el final de la granja era, también, el límite del mundo conocido por ellos, más allá todo sería misterio y descubrimiento: el momento donde el viaje comenzaba en realidad.
En poco más de tres horas subiré a un ómnibus que me llevará a Buenos Aires, y de allí -horrenda terminal- me

Terminal de ómnibus de Mar del Plata - Ésta es la galería sobre la calle Sarmiento
embarcaré hacia el límite de mi mundo conocido. Mi extremo norte es Humahuaca, hasta ahora nunca tuve la oportunidad de ir más allá, y el próximo martes por la mañana cruzaré esa barrera invisible que separa mi mundo conocido de aquel que busco descubrir en los próximos quince días.
Acabo de decir que la terminal de ómnibus de Retiro es horrenda, bueno… la de Mar del Plata no le va en zaga. Como toda estación tiene un aspecto decadente y convulsionado; baños con olor a orín; mugre por donde se mire; y gente extraviada en sus paisajes privados. Gente que camina derrotada por el sueño en la madrugada, arrastrando valijas, o nada más sentada. Sentada en bancos de madera o cemento, sobre maletas con rueditas o mochilas; gente fumando; gente conversando con otra gente, en voz baja, como si temieran quebrar un hechizo; o simplemente adormilada aguardando a que anuncien el ómnibus que los llevará a lugares que desconozco. Un lunes a la madrugada la terminal de Mar del Plata se mostrará semejante a un palacio dormido, y nosotros estaremos de paso, cruzando el hall de espera, tomando por asalto los bares baratos junto a las dársenas, consumiéndonos en tabaco, café, y en la ansiedad por alejarnos de allí.
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