Publicado por Daniel Battiston en 31/10/2009
¿Cómo empezar a contar una experiencia inolvidable?
Puerto Pirámides se encuentra sobre el itsmo Ameghino, en la entrada de Península Valdés. Es una amplia playa rodeada de médanos altos por detrás y cerrada por acantilados de arena compactada en cada extremo. El tiempo trabajo los frente de los acantilados de arena y tomaron formas triangulares, desde mar adentro se asemejan a enormes pirámides, de allí el nombre del lugar.
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Y por supuesto es la puerta de entrada a la zona de cría de la ballena franca austral. Durante la segunda mitad del año, esta especie llega a Península Valdés a procrear, y a dar a luz a los ballenatos concebidos el año anterior. Luego, en diciembre, regresan a la antártida. Y es el lugar ideal para embarcarse y poder verlas, por lo general sólo es posible encontrarse con madres junto a su cría.
El viaje en lancha comenzó movido, el mar estaba bastante picado. Tuvimos que internarnos un un buen trecho mar a dentro -un kilómetro, a ojo de buen cubero- hasta lograr ver, bastante lejos, una madre junto a su cría. El comienzo fue bastante desalentador, las ballenas eran algo oscuro que podía adivinarse a la distancia. Si eso era todo, tiré $150 a la basura, pensé.
Hasta que ellas parecieron tomar confianza del barco luego de estar unos quince o veinte minutos navegando a su alrededor. Entonces sí, comenzaron a acercarse cada vez más al barco, lo rodeaban, cruzaban por debajo nuestro, cada vez un poco más cerca, cada vez asomándose un poco más de tiempo. Parecía que eran ellas -una madre y su cría al principio, pero después llegaron a ser seis en total- las que tenían curiosidad por vernos a nosotros. Nos rondoban, incluso nadaron a ras del agua junto al barco durante un buen trecho, o se asomaban sacando la cabeza del agua casi por completo.
Espero que no se me enojen por las pocas fotos que tomé de ellas, pero en verdad preferí disfrutar el momento sin estar pendiente de la cámara.
Es una experiencia que hay que vivir, es casi imposible de narrar el encuentro con una ballena.
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Publicado por Daniel Battiston en 31/10/2009
Hoy por la tarde salí con Anahí y Michael en bicicleta hacia la playa de El Doradillo, a unos 17 km al norte de Madryn. En el lugar, una enorme playa encerrada entre acantilados, durante la marea alta, las ballenas se acercan a la costa y uno puede casi tocarlas: llegan a estar a unos cinco metros de la playa.
El trayecto es en su mayoría por un camino de ripio y cantos rodados en constante sube y baja. Las partes donde la ruta está cubierta de piedras redondas y lisas es bastante complicado de hacer en bicicleta. Eran muy buenas mountain bikes pero no soy un experto y por supuesto tuve mi resbalón: no pasó de un par de raspaduras en una mano.
La playa es un pequeño paraíso escondido en el camino a península Valdés, se llega después de cruzar un camino que corre entre médanos bajos. Hacia la izquierda, la playa comienza a elevarse en acantilados blancos y verticales; por la derecha la playa está cerrada por la Punta El Dorado. La playa de arena fina como talco y el sol colgando sobre el agua azul oscuro, el estar nada más sentado mirando la nada inmensa del océano, y sintiendo la arena en los pies descalzos, fue un bálsamo el cansancio del periplo de ida.
Sobre la playa encontré a una pequeña ballena muerta, desde lejos se asemejaba una roca o un montón de arena oscura. Cuando me acerqué a esa bestia que ya había extraviado sus horas, pensé en la fragilidad de todo. Aquella boca abierta dispuesta a devorar el tiempo inmenso de la playa, era una mueca fosilizada en un instante eterno.Esperamos. Aguardamos impacientes entre palabras simples hasta que llegaran las ballenas. Pero no llegaron.
Me guardo las imágenes de un lugar calmo, y de la memoria de la bestia muerta.
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Michael, Anahí y yo en El Doradillo
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Muerte en la playa
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De aquí, y a hasta el final, la playa de El Doradillo
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Publicado por Daniel Battiston en 30/10/2009
Después de cenar churrascos con ensalada de lechuga y zanahoria rallada fui con Anahí y Michael a Mr. Jones, una cervecería a un par de cuadras del hostel. Por supuesto, nada que ver con el Mr. de Jones de Mar del Plata; el de aquí es un boliche con una onda muy distinta, mezcla de bodegón y cervecería artesanal al estilo de Antares.
Pude, al fin, probar cerveza checa de la que tanto había escuchando; según dicen muchos es de lo mejor, y ayer lo comprobé. Tomé la Staropramen, una cerveza rubia con un aroma increíble, fuerte, que embriaga por completo el olfato colmándote la nariz y la boca, y de un color dorado subido como pocas veces vi en una cerveza. El sabor es un tema aparte: no sabría describirlo, fuerte sin ser agresivo, con una gran presencia del cereal que le da origen. Por supuesto 100% recomendable si logran encontrarla. Creo que esta cerveza es una razón más -entre todas las que existen- para obligarme a conocer Praga
Hoy a las 16,00 salimos en bicicleta hacia El Doradillo a avistar ballenas. Mañana pasaré el día en Puerto Pirámides.
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Lagartija en Punta Cuevas
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Museo del Hombre y el Mar
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El muelle Piedrabuena
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Otra del muelle
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…y otra más
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Puerto Madryn, mar y veleros
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Publicado por Daniel Battiston en 29/10/2009
Llegando a Puerto Madryn con un día increíble.
Me sorprende el parecido con Mar del Plata, sobre todo por el estilo de edificaciones que hay. Pero aquí nadie se encontrará con edificios altos, o al menos serán muy pocos los que uno vea; y lo mejor: están bastante alejados de la playa, por lo que no dan sombra sobre ella a la tarde.
Lo que más me llamó la atención: el ancho de las calles. Las calles son tan ancha como una avenida de cualquier otra ciudad.
Este primer día no fue demasiado productivo. Despúes de caminar bastante para encontrar un hostel que me convenza salimos a caminar por la playa -viajé con Anahí y Michael, una pareja de Mar del Plata que conocí en Esquel- hasta Punta Cuevas, al sur de la ciudad.
Las playas de Madryn son, simplemente, increíbles. Por la mañana había marea baja, y la playa tenía unos 300 metros hasta la orilla del mar; un mar sin olas y de un azul embriagante. Punta Cuevas es la zona donde a fines de mayo de 1865 desembarcaron los primeros colonos galeses que luego recorrieron y poblaron la privincia de Chubut. El nombre viene de las cuevas que los colonos excavaron en el acantilado para construir los primeros refugios. De las dieciséis cuevas originales se conservan siete. Este asentamiento galés es, por supuesto, el origen de la ciudad de Puerto Madryn.
Los costos para embarcarse en Península Valdés y observar a las ballenas están como un poco altos. Lo más económico que vi fueron $120, solo para ir en una combi hasta Puerto Pirámides, subirse a una lancha, dar una vuelta y sacar fotos, y al final volver. Cualquier excursión medianamente decente está entre $250 y $300. Veré que hago. Por lo pronto, lo más seguro es alquilar una bicicleta e ir hasta El Doradillo, una zona protegida a 15 km al norte de Madryn y donde las ballenas llegan a estar a cinco metros de la playa.
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La costanera
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Puerto Madryn desde la playa
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Punta cuevas
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Punta Cuevas desde más cerca
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Lugar donde llegó el “Mimosa”, en Punta Cuevas, el barco que trajo a los primeros colonos galesen en 1865
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Acantilados de Punta Cuevas desde la playa
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El océano desde los acantilados al sur de Punta Cuevas
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Publicado por Daniel Battiston en 28/10/2009
Hoy a las ocho de la mañana tenía planeado salir hacia Villa Futalaufquen, en el Parque Nacional Los Alerces, y volver en el ómnibus de la tarde (19,30 hs.)
Pero estoy aquí, en Esquel, a la vuelta del hostel escribiendo este post. La lluvia vuelve a colgar sobre mi cabeza como una especie de sino. Me gustan los días lluviosos, pero no son los mejores para hacer trekking, pasear, tirarse a la orilla de un lago dejando que el tiempo pase a mi lado y no llegue siquiera a rozarme.
Quiero disfrutar del aire libre, tibio, con el sol colgando sobre mi cabeza.
Esta noche parto hacia el este, hacia el mar, hacia Puerto Madryn.
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