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Archivos de la categoría ‘Bolivia’

Bolivia en libro

Publicado por Daniel Battiston en 18/12/2008


Nació como una idea un tanto alocada, pero al fin decidí llevarla adelante: publiqué en forma de libro buena parte de las fotografías del viaje a Bolivia.
El título es Bolivia, un viaje fotográfico por Uyuni, Copacabana y La Paz, lo publiqué a través de Lulu, una empresa que realiza libros bajo demanda y los comercializa a través de su web.
Impreso a color con tapas duras, al estar publicado en Estados Unidos el precio, quizás, sea alto para Argentina: u$s 55.

Pueden hecharle un vistazo, y por que no comprarlo, en www.lulu.com/content/5371059

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Algunas cosas sobre La Paz

Publicado por Daniel Battiston en 30/10/2008

Antes que nada: a La Paz la amás o la odiás.
La ciudad no acepta la medias tintas, porque ella misma es una exageración en todo.

La Paz está fundada sobre un valle atravesado por tres ríos que en la actualidad corren bajo la superficie de la ciudad. Pero fue creciendo y ahora se extiende sobre las laderas de los cerros que la rodean; uno puede ver a lo lejos, desde el centro, las laderas cubiertas de casitas que están literalmente colgadas sobre la nada. Las calles siguen la topografía del valle y los cerros; son estrechas, en algunas las veredas son inexistentes -de unos 40 cm de ancho- se retuercen como serpientes de un modo enloquecedor, ninguna mantiene una línea recta por mas de dos o tres cuadras.
Tanto las veredas como las calles están cubiertas de gente que va y viene como hormigas dementes, algunas al paso lento típico de las cholas, otras corren enloquecidas al mejor estilo yuppie porteño aferradas a un attache y a un celular 3G.
Las veredas están invadidas por puestos donde uno puede comprar lo que se le ocurra -un ejemplo: no pude conseguir el shampoo anticaspa que uso en ninguna farmacia o perfumería, pero sí en un puesto callejero a media cuadra del hostel- comida; pilas; rollos fotográficos; talonarios de recibos, pagarés, etc; ropa; accesorios para celulares; artículos de limpieza y perfumería; incluso tienen teléfonos fijos conectados a un tarifador para poder realizar llamadas como desde un locutorio, que dicho sea de paso hay un promedio de tres por cuadra.

El tránsito es tema aparte. No puede explicarse el caos, pero voy a intentarlo.
Practicamente no existe el automóvil privado, las calles están invadidas por colectivos antiquísimos -son Dodge de al menos cincuenta años atrás- taxis por lo general de color blanco, sin banderilla, por lo que uno se entera si está ocupado o no apenas lo tiene encima, como no tienen reloj es necesario arreglar el precio con el chofer “antes” de iniciar el viaje, el precio promedio es de Bs 10. Y lo más extraño de todo: combis que hacen un recorrido más o menos fijo; aparte del chofer hay un acompañante asomado en la puerta corrediza por la que suben los pasajeros voceando los distintos destinos y el costo  del viaje a cada uno. Paran en cualquier parte, incluso en el medio de la calle, y uno debe subirse a ellos como pueda, esquivando a otros taxis, colectivos y combis que no hacen siquiera el amague de frenar si uno se cruza, por el contrario, tocan bocina y aceleran para pasar primero.

Todos circulan a mucha velocidad; se cruzan unos con otros; si están detenidos por el semáforo, no esperan la luz verde, avanzan en rojo sin mirar si cruza un camión o una viejita; incluso insultan a los policías de tránsito que intentan poner algo de orden -sin éxito- Esto no es una exageración, lo hizo el taxista que nos llevó a Amanda y a mi hasta el centro. Amanda miraba al taxista y me miraba a mi tratando de entender semejante absurdo, pero yo no estaba en condiciones de explicar semejante delirio y el taxista estaba por completo sacado puteando al cana. Bocinazos y más bocinazos solo porque sí, cuando hay un montón de carteles que prohíben el uso de la bocina.

Si bien se ven algunas pintadas, la ciudad y los frentes de los edificios lucen limpios incluso en lugares un poco alejados del centro; aunque hay muchas edificaciones en muy mal estado. Otra cosa sorprendente es la cantidad de cables que cruzan las calles, forman marañas de unos veinte centímetros de diámetro, yendo de aquí a allá a los largo de toda la cuadra. Me sorprendió la limpieza que se ve en general en la zona del centro y los alrededores, los parques están cuidados y no vi una sola porquería de perro en las veredas. Por supuesto los monumentos y fuentes (hay muy pocas de ellas) están impecables.
Algo que al principio me dio temor: está lleno de lustrabotas, pero todos con las caras tapadas con pasamontañas al mejor estilo Subcomandante Marcos. Los pocos limpiautos que vi están ocultos del mismo modo; pero éstos no limpian los parabrisas de prepo, se acercan al auto y preguntan si quieren que lo limpien, si les dicen que no pasan a otro coche.

En La Paz conviven rascacielos de vidrio junto a casas de alto de 1870 a punto de derrumbarse; un oligarca vestido con un traje muy caro con un chabón al mejor estilo piquetero argentino que le está lustrando los zapatos de u$s 300; Restaurantes caros (para el boliviano promedio) con una chola que vende empanadas en un puestito en la vereda del restaurante. Cientos de policías con pibes que dan el target del tumbita. Una ciudad donde está Burger King, pero a McDonalds se le prohíbe funcionar.

La Paz es una ciudad de extremos. Como digo al principio se la ama o se la odia; es una ciudad en la que parecen ocurrir millones de cosas al mismo tiempo, y de hecho ocurren, donde la gente tiene el aspecto de aquel a quien no le interesa el prójimo en lo más mínimo. Una especie de Buenos Aires desquiciada que te obliga a seguir su propia música o te pasa por encima.

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Intermezzo

Publicado por Daniel Battiston en 30/10/2008

No creo en el destino. No creo en las casualidades. No soy un tipo fatalista que confía en forma ciega que todo está escrito.
Creo en el azar. Creo que las cosas nos ocurren porqué sí. Somos piezas de un juego caprichoso sobre el que no tenemos control, ni tampoco conocemos sus reglas.
¿Me puse místico? No.
¿A que viene todo lo anterior? A algo que comenzó a ocurrir ayer miércoles a eso de las 9,30 en Copacabana.

Caminaba cargando las mochilas mientras buscaba un bus que me trajera a La Paz, encontré uno que estaba por partir en media hora. Me acerco y me dicen que tienen lugar, que parten a las diez, que el pasaje cuesta Bs 15.
-Deme uno, digo.
-¿Donde quieres? -Me muestra una planilla donde aparecen los asientos, los que están vendidos aparecen marcados- ¿pasillo? ¿ventanilla? ¿más atrás, o al medio?
En verdad no sabía que elegir, cualquiera me daba lo mismo. Veo al asiento 17 del lado del pasillo libre. Y coloco un dedo sobre él.
-Éste.

Por supuesto que podría haber elegido ese como cualquier otro. No se si fue mi vértigo que me llevó a elegir el pasillo; o tal vez el número 17 que me atrajo; o simple azar. El asiento vecino del lado de la ventanilla, el 18, ya estaba vendido.
Mientras esperaba a que el ómnibus partiera, traté de imaginar a mi compañero de viaje: pensé en una chola gorda que ocuparía su asiento y parte del mío; o bien en un flaco amargo y en apariencia mudo, como al que tuve en el trayecto Uyuni – Oruro; o quizás otra alemana amarga que no hablaba castellano, como le del trayecto Uyuni – La Paz. Cuando el bus partió pensé en que allí había algo mal, el asiento estaba desocupado.
A todo esto en el pasillo justo a mi lado, una chola no sabía si ir para adelante o para atrás, se quedaba en el medio del pasillo sin hacer ningún amague de nada; mientras tanto desde adelante alguien le gritaba que debía sentarse adelante, pero ella parecía no entender o no escuchar y pretendía sentarse en el angostísimo pasillo. Mientras tanto el bus había arrancado, hace dos cuadras, para y comienza a subir más gente. Mientras tanto la chola continúa sin saber que hacer.

Entonces la veo. Subió en la segunda parada, y caminó hasta donde yo estaba intentando saltear a la chola. Mira los números de los asientos y me pide permiso para sentarse en el asiento 18, justo a mi lado. Pero ni ella ni yo podíamos movernos con facilidad gracias a la chola que continuaba empacada entre nosotros. Decido pasarme junto a la ventanilla y dejarle a ella el asiento sobre el pasillo, algo que no le molestó.
Luego, ya no nos decimos nada. La miro de reojo y me convenzo que es dueña de una belleza extraña, exótica, incluso me habló con un acento que al principio no logré identificar, pero que la volvía más atractiva aún.
Cuando el bus ya está en marcha otra vez, me pregunta si soy argentino. Ella se llama Amanda y es de San Pablo; llegó a Copacabana desde Perú y ahora se dirige hacia La Paz donde estará hasta el viernes, de regreso a San Pablo. Entonces supe que no me equivoqué al cambiar de planes y decidir quedarme hasta el viernes en La Paz antes de regresar.
Casi no dejamos de hablar en todo el viaje. Ella es una escritora frustada demasiado hundida en la rutina de su trabajo -es geóloga y trabaja sobre prospecciones de oro en el Amazonas- tenemos gustos musicales y literarios parecidos. Y ya entonces pensaba que es la mujer perfecta.
Llegamos al cementerio, desde donde llegan y parten todos los buses a Copacabana, y viajamos en taxi juntos hasta la Plaza Murillo. Y aquí se acabó la magia: ella me acompaña hasta el hostel donde yo tenía reserva y ella va hacia donde tenía la suya. Me promete que pasará a buscarme; no digo nada, prefiero callar a decirle que no le creo.

Breve pausa: que quede bien en claro que me entusiasma visitar museos, pero siempre y cuando uno tenga ganas de hacerlo. Hago esta aclaración para que no se malinterprete lo que sigue.

Me acomodo en mi pieza y me pego una ducha, todo sin dejar de pensar en Amanda. Luego salgo a caminar las calles de La Paz -pero de esto es algo que contaré en otro post- Visité la Iglesia de San Francisco y luego decidí ir hasta la Plaza Murillo. Dos cuadras antes de llegar a la plaza nos volvemos a encontrar.
Y así como el azar nos llevo a compartir dos asientos juntos en el bus, también nos llevó a cruzarnos en medio de una ciudad tan enloquecida como Buenos Aires.
Y me pide que la acompañe a almorzar a un Burger King.

Ahora bien: que yo vaya a “almorzar” a las cuatro de la tarde una hamburguesa a Burguer; que visite dos veces la misma iglesia (la de San Francisco) en la misma tarde, que acepte pasear por una ciudad con el tránsito más endemoniado del mundo, que después de todo eso le diga con una sonrisa que me encantaría ir con ella al Museo Nacional de Arte, que después sigamos juntos paseando por la calle Mercado, una especie de peatonal San Martín boliviana, que continúe con ella cruzando la Plaza Murillo como si caminara flotando a diez centímetros del suelo, y luego la acompañe al hostel donde se hospeda, y tomemos una cerveza juntos en el bar del hostel, y que me pida que la próxima noche vaya a buscarla, y que el beso con que nos despedimos sea imposible de contar; todo eso significa una sola cosa.

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Copacabana: entre el amor y el odio

Publicado por Daniel Battiston en 29/10/2008

Llegué a Copacabana el domingo al mediodía después de un viaje de poco más de tres horas desde La Paz.

Luego de almorzar una de las mejores hamburguesas caseras que comí en mi vida, salí a dar un paseo por el pueblo. Tranquilo, calmo, un lugar donde todo parece transcurrir en cámara lenta. Por supuesto el primer lugar que visité fue la basílica de Nuestra Señora de Copacabana. La virgen de Copacabana es la patrona de Bolivia, y aquí se encuentra resguardada la imagen original que data de 1583.
La virgen se encuentra sobre el altar principal, una joya del barroco americano tallada en madera y recubierta en pan de oro. Detrás de la basílica se accede, por una entrada independiente, a la capilla de las velas. Es un largo y angosto pasadizo de techos altos pintado de negro mate. A lo largo de la capilla hay tres mesas de cemento donde los feligreses dejan velas encendidas pidiendo favores o dando las gracias a la virgen de Copacabana, cuya imagen vuelvo a encontrar sobre el pequeño altar, en el extremo de la capilla.

Y seguí mi viaje por el pueblo: calles angostas, ferias de artesanías y comestibles en cada calle lateral que cruzara, hasta volver a la avenida que bordea el lago -quizás el azul más intenso que haya visto alguna vez- Sin querer llego a un restaurante junto a la playa, en una de las terrazas veo una mesa larga con unas veinte personas desde donde llega una chacarera. Curioso me acerco. Eran una chica y un chico de Corrientes que estaban tocando para un grupo de bolivianos. Me quedo escuchando, y uno de los bolivianos me invita con un vaso de vino, que por supuesto acepto. Todavía no tenía el vaso en la mano que ya me invitan a compartir la mesa. Me cuentan que representan a Tarija en una reunión de transportistas independientes, sindicatos, y cooperativas de transporte, que finalizó ese día. Ese era su ultimo almuerzo y ya estaban regresando a Tarija. El vino corre y no pasa mucho tiempo hasta que ya soy parte del grupo. Saber que soy argentino los predispone bien, muchos de ellos trabajaron en Argentina durante bastante tiempo, como albañiles o choferes, y tienen el mejor recuerdo; incluso uno de ellos me dice que cada vez que escucha el himno o ve la bandera argentina, se siente tan emocionado como con el himno y la bandera boliviana.
Mientras el vino pasa de mano en mano me enseñan que no es bueno tomarlo de una: primero debe derramarse un chorro sobre la tierra, en muestra de gratitud a la Pachamama, entonces sí podré tomar el resto. Esta tradición me enseña un chofer que actualmente es diputado nacional por Tarija, y que según cuenta tiene una relación de amor-odio con Evo Morales: si bien su partido apoya a Evo, mantiene una actitud crítica (en el mejor sentido, me cuenta) hacia el oficialismo.
El resto del día está por completo perdido. Vuelvo alrededor de las cinco de la tarde al hotel completamente borracho, y me quedo dormido.

El lunes me dedico a seguir caminando al pueblo. Por la mañana asciendo al Monte Calvario (4100 msnm) y por la tarde al otro cerro importante del lugar, el de la Horca del Inca. En éste lugar, originalmente un observatorio astronómico inca, los españoles ahorcaron al último inca en Bolivia. Por lo visto este lugar tiene mucha historia.

El miércoles hice el viaje por el que todos llegan a Copacabana: llegar en lancha hasta la Isla del Sol y recorrerla a pie desde la punta norte a la sur.
El viaje es mucho más barato de lo que imaginé (Bs 20 = u$s 2,90), pero al llegar a la isla empiezan a cobrarte una serie de extras que en la agencia no te dicen que hay que pagar: Bs 10 por el ingreso a la parte norte y otros Bs 5 por el ingreso a la parte sur.  Pero esto no es lo peor, a mitad del camino (de una punta a la otra) nos cobraron otros Bs 5, éstos supuestamente eran el arancel para el ingreso a la zona sur: por supuesto era por completo trucho, una estafa. No es el hecho de los cinco bolivianos, porque en verdad son monedas, pero jode y mucho que te estafen de esa forma. De todos modos el trayecto es increíble y hay que hacerlo.

ATENCIÓN A QUIENES HAGAN EL VIAJE A LA ISLA DEL SOL: el bono de Bs 10 se cobra en una oficina al ingresar a la parte norte de la isla. El VERDADERO bono para ingresar a la zona sur es uno de color blanco; el otro, el trucho, el que te quieren cobrar a mitad del camino, EL QUE NO HAY QUE PAGAR, es de color verde.

Qué me queda como balance de Copacabana? Es el lugar ideal para vivir quince días al año y desentenderse de todo los problemas y lios que te persiguen durante los otros 350. Estoy odiado por la falta de respeto hacia el turista, queriéndole robar de a moneditas, cobrando cosas por cobrar.
Y no hablo sólo por lo de la Isla del Sol, acá va otro ejemplo: en tres lugares diferentes me cobraron un atado de Marlboro box a tres precios diferentes:  Bs 8,  Bs 10 y Bs 12; un auténtico delirio.

Por supuesto más allá de estas zonceras que cuento, es un lugar que hay que conocer.

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Llegando a Copacabana

Publicado por Daniel Battiston en 27/10/2008

Luego de un viaje horrendo en ómnibus llegué a las siete de la mañana a La Paz, previo transbordo en Oruro. Desde la terminal de La Paz, tomé un taxi hasta la salida de los buses hacia Copacabana, frente al cementerio. La Paz es cualquier cosa menos pácifica: el tránsito es por completo endemoniado; no existen colectivos como los conocemos en Argentina, los transportes públicos son minibuses que no tienen un número o color que los identifique, son todos blancos; aparte del chofer va un acompañante asomado por la puerta que va voceando hacia que lugar se dirige, y el pasajero debe subirse como pueda, sin que el minibus pare, incluso en medio de una avenida con un transito salvaje. Lo mismo ocurre para bajarse. Las calles son una sinfonía de frenadas, bocinazos permanentes, y pequeños embotellamientos.

El trayecto de La Paz a Copacabana es de unas tres horas. Buena parte del viaje se realiza por un valle rodeado de montañas; hasta llegar al lago. Entonces se debe cruzar en lancha -los pasajeros por un lado, el minibus por otro- y comienza lo mejor del viaje, un largo trayecto de unos cuarenta y cinco minutos por camino de cornisa hasta llegar a Copacabana. El viaje es increíbe, el único problema es mi vértigo: transitar a 70 Km/h, al borde de barrancos de hasta unos 300 metros de altura me puso al borde de la descompostura, en verdad no entiendo como no vomité.
Pero la experiencia valió la pena. Copacabana es uno de los lugares más bellos que conocí. Todo parece ocurrir en cámara lenta, como si el tiempo no existiera. Sospecho que es el lugar ideal como para quedarse a vivir un mes al año, cargar las pilas, y luego seguir como si nada hubiera pasado.

Continuará…

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